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LA IMATGE DE LA LITERATURA

COBERTES PER A LLIBRE DE DANIEL GIL

DENOTACIÓN Y CONNOTACIÓN

Javier Pradera

 

 

 

Aunque nadie lo supiese en aquel momento, la incorporación de Daniel Gil en 1966 a la dirección artística de Alianza Editorial tendría consecuencias de largo alcance para el mundo del libro español y latinoamericano. En esa época trabajaban ya en el sector grafistas de talento como Vicente Rojo, creador del diseño de Ediciones Era de México. Sin embargo, serían las innovaciones de Daniel Gil las maniobras de vanguardia que marcarían una divisoria de aguas en el paisaje del mundo editorial de nuestra área idiomática. En aquellos años nadie fue del todo consciente (ni siquiera el propio Daniel Gil) del significado del cambio incoado la falta de perspicacia de los contemporáneos para apreciar las rupturas es normal; por lo general, los vecinos de un acontecimiento empapado de futuro difícilmente llegan a percibir sus implicaciones a medio y largo plazo. Este desajuste valorativo tenía que producirse con más razón todavía en el sector editorial español, ahogado hasta la década de los sesenta por los recuerdos de la guerra civil y de la represión cultural del franquismo, por la inercia de la costumbre, por la estrechez de un mercado rutinario y por los despropósitos inquisitoriales del nacionalcatolicismo. Hasta 1966, Daniel Gil había realizado trabajos como freelancer para algunas revistas y para diversas casas de discos.

 

Cuando Jaime Salinas le propuso hacer las cubiertas de Alianza, Daniel Gil era director de arte de una empresa discográfica, sector en el que también había dejado su inconfundible impronta y creado escuela. En cualquier caso, fue la especialización en el mundo del libro la vía que le permitiría desarrollar al máximo las potencialidades adquiridas durante su anterior aprendizaje. Una serie de circunstancias exteriores —como el relanzamiento de la actividad editorial española en la ola de la euforia desarrollista dé los sesenta y de la suavización de la censura— favorecería la renovación del diseño del libro emprendida por Daniel Gil, a quien José Ortega Spottorno, consejero-delegado de Alianza en aquellos años, entregó, con una confianza inhabitual en la época, no sólo los medios materiales sino también la libertad de creación (esto es, sin dependencia ancilar del departamento comercial) para hacer su trabajo. Primero sería «El libro de bolsillo», más tarde Alianza Universidad, después Alianza Tres (la tercera colección de la editorial) y ya en cascada Alianza Forma, Alianza Diccionarios, Alianza Música, Alianza América, Biblioteca de la Cultura Catalana, las Obras de Ortega y Gasset, los Episodios Nacionales de Galdós, las Obras de Federico García Lorca, Alianza Economía y Finanzas, Alianza Cuatro.

 

A lo largo de veinticinco años de trabajo, Daniel Gil hizo casi cuatro mil cubiertas; algunos centenares más que las novedades publicadas por la editorial ya que rehizo la cubierta de bastantes reediciones (recuerdo, por ejemplo, La Regenta) para desesperación de los vendedores que no entendían las razones de cambiar una imagen célebre ya en las librerías. Tal vez la dimensión creadora más singular de Daniel Gil haya sido su capacidad para lograr al tiempo, la singularidad de las cubiertas —colección a colección y libro a libro— y el aire de familia de la editorial en su conjunto, esos rasgos de parentesco que vinculaban entre sí a los títulos de Alianza y les dotaban de unas señas de identidad reconocibles a primera vista. El empeño era difícil ya que los contenidos de la producción de Alianza iban desde la poesía hasta las matemáticas, pasando por la novela, las artes plásticas, la música, la lingüística, la historia, la economía, las ciencias sociales, la biología, la física y la astronomía, sin olvidar la gastronomía, el deporte o los entretenimientos. Sólo un talento excepcional para el diseño podía conseguir que cada cubierta fuese percibida a la vez como la denotación de un título individual y como la connotación de la editorial que lo publicaba. Ese toque especial de genio para construir la unidad a partir de la diversidad y para derivar las partes desde el todo es el secreto de Daniel Gil que nunca ha logrado descubrir sus numerosos imitadores.

 

Decía antes que Daniel Gil recibió de la dirección de Alianza un gran margen de libertad, esa facultad de la voluntad cuyo ejercicio incluye necesariamente la manifestación del capricho. Sin embargo, el ámbito para la creatividad cedido a Daniel Gil, carente de fronteras y desprovisto de murallas, fue siempre objeto de asaltos astutos o brutales, de forma tal que su titular se vio frecuentemente obligado a defenderlo frente a la abundante tropa de daltónicos, pragmáticos y fenicios que suelen concebir el diseño como una simple peana para adorar a los autores o como un mero vehículo para incrementar los beneficios. Por desgracia, las batallas del prosaísmo contra la calidad no siempre las ganan los creadores, derrotados en ocasiones por quienes no distinguen entre bienes culturales y jabones detergentes; a otro diseñador de talento -Enric Satué- debemos la sarcástica descripción del «aspecto saludable» que ofrecen hoy día muchas cubiertas de libros «gracias a la opulenta mediocridad de sus grabados a todo color y a toda página, a sus cartulinas sofisticadamente glasofonadas y a sus tipografías compuestas, dispuestas en todas las posturas posibles y con todas las hechuras imaginables». Sin embargo, Daniel Gil salió triunfador de todas las escaramuzas que le enfrentaron no sólo con ejecutivos (y ejecutores) de la propia editorial sino también con autores y agentes literarios. En cierta ocasión un prolífico escritor de obras de gran éxito comercial entregó a Daniel Gil un dibujo, entre infantil y fallero, con el encargo imperativo de que sirviera de motivo central a la cubierta de su nuevo libro. El boceto duró pocos minutos· en la mesa de Daniel Gil, de la que salió disparado camino de la papelera en medio de la cólera del autor. También algún agente literario trató de censurar, en un rapto de megalomanía, la obra gráfica de Daniel Gil sin más éxito que los apartadores comerciales de brillantes ideas para adecuar fondo y forma en las cubiertas. Esas tentativas de inmiscuirse en la labor gráfica de Daniel Gil pueden servir de ejemplo para ilustrar el papel secundario que las editoriales han reservado tradicionalmente a los diseñadores. Colores vivos (o muertos), letras grandes (o pequeñas) e ilustraciones figurativas (o juegos tipográficos) solían ser las vagas y contradictorias indicaciones que recibía el diseñador de quienes le encargaban las cubiertas. El gusto artístico (por lo general malo) del empresario y las opiniones (por lo general erróneas) de los vendedores sobre la efectividad comercial del diseño eran los criterios incoherentemente decisorios. Por esa razón escribía antes que no resulta exagerado afirmar que Daniel Gil ha marcado un antes y un después en la historia del libro en nuestro país. Porque fue su revolucionario entendimiento del oficio y su conexión con la sensibilidad del público lector surgido en la España de los sesenta los motivos que explican no sólo su éxito sino también la adopción por otras editoriales de las innovaciones aportadas por Alianza. En efecto, a los pocos años de que Daniel Gil impusiera su propio estilo, los escaparates de las librerías españolas se llenaron de imitaciones de sus cubiertas, a la vez un pecado consciente de plagio y un homenaje involuntario del vicio a la virtud. Ese fenómeno de seguidismo cuasi-universal constituyó para Daniel Gil un acicate que le llevó a no instalarse· en la mecánica explotación serial o repetitiva de sus anteriores hallazgos. Porque la fuerza creadora de Daniel Gil se basa en un resorte interior que le mueve continuamente al descontento con las soluciones dadas a los viejos problemas y a la búsqueda de las claves ocultas de los nuevos enigmas.

 

Eugenio Gallego, director de producción de Alianza Editorial hasta 1989 y actual director editorial de Mondadori, era de cuando en cuando el mensajero de la mala noticia de que a Daniel Gil se le había atravesado la cubierta de un libro programado con urgencia para la Feria de Madrid, para el Libero para Navidades. En estas situaciones, era inútil tratar de convencerle para que se sacase de encima el compromiso con una chapuza de urgencia. Hasta que no daba con el diseño que le parecía adecuado, las tripas del libro aguardaban en el almacén del encuadernador la llegada de la demorada cubierta, para desesperación del departamento comercial y de consuelo del resto de la casa. Esa fuerza interior estaba alimentada por la voluntad de conseguir unas relaciones de concordancia significativas entre el texto de un libro y su cubierta. Daniel Gil posee una amplio y savia cultura literaria, y también está dotado de una notable intuición para captar el alcance y el lugar que les corresponde a las disciplinas científicas dentro del mundo del conocimiento. Su taller de trabajo en Alianza, una especie de palacio encantado que deslumbraba a los visitantes de la editorial, guardaba todos los objetos, cachivaches y muñecos que, como una acumulación de estratos geológicos, dejaban el testimonio de los materiales utilizados en decenas y decenas de cubiertas para trasmitir significados mediante imágenes. La influencia del surrealismo y el entusiasmo por Magritte ayuda a entender sólo una parte de la obra gráfica de Daniel Gil. Porque no siempre las rupturas o las asociaciones desacostumbradas eran las fuentes de un significado que también podía surgir del homenaje a la pasión romántica, al mundo campo a la serenidad del clasicismo. A demás de centenares y miles de libros, Daniel Gil ha realizado extraordinarios trabajos de diseño para cubiertas de discos, para carteles culturales o políticos y para títulos de películas. Todos hemos pensado -alguna vez- que su instalación en el mundo editorial fue la causa culpable de que no experimentara en otros campos que le hubiesen dado mucho más dinero y bastante más celebridad. Sin embargo, no es seguro de que ese traslado de su talento a otros ámbitos más generosos y más populares le hubiese permitido superar la hondura y la originalidad de esos veinticinco años de creación editorial de la que esta exposición es únicamente una muestra. Es cierto que no sabemos aún si la industria editorial española seguirá el camino de innovación de Daniel Gil o enterrará su legado.

 

La opinión de Enrie Satué —sigo citando su excelente artículo «El diseño y los libros, sociedad anónima» (EL PAIS, 26 de junio de 1990)— es que la figura del editor respetuoso con el artista gráfico pertenece ya al pasado; y que la lógica del beneficio mercantil, tras expulsar al diseñador de los interiores, las portadas, las solapas y las contracubiertas de los libros, se dispone ahora a terminar su trabajo de colonización depredadora y a conquistar ese último reducto del arte que son las cubiertas. «Para bien o para mal, el viaje ha concluido y la ley de la gravedad vuelve a imperar. Una vez llegados a su destino, el editor y el diseñador se han despedido cordialmente para dedicarse, respectivamente, a especialidades tan inesperadas como excitantes: producir libros como si fueran panecillos y diseñar panecillos como si fuesen libros». Sin embargo, las conclusiones lúgubres no siempre son el corolario lógico de un frío pronóstico; también pueden servir de voz de alarma para mover a la reflexión y para cambiar el · curso de los acontecimientos. Es cierto que las transformaciones de la industria editorial en España parecen orientadas a terminar con la ambigua condición del libro como bien cultural y como mercancía (como valor de uso y como valor de cambio, en la vieja terminología marxista) a fin de transformarlo inequívocamente en ese panecillo de supermercado del que habla Satué. Si esa tendencia terminara por imponerse, los pesimistas serían sólo optimistas bien informados y el diseño editorial que daría condenado a mimetizarse con «el clima, el tono o el lenguaje del paisaje televisivo convencional, el de los anuncios publicitarios circundantes o el del surtido de anuncios de los centros comerciales o en los que el libro compite». Pero incluso en ese caso las cubiertas de Daniel Gil quedarían para el futuro como uno de los ejemplos más, sobresalientes de la capacidad del diseño realizado con talento para instalarse en el mundo cotidiano, moldear la sensibilidad de las gentes y establecer nexos significativos con el pensamiento abstracto y la creación literaria.


Javier Pradera.

(Publicat al catàleg per l'exposició Daniel Gil - Diseñador Gráfico organitzada a La Biblioteca Nacional l'any 1990).